Acabada la guerra, fuimos a Terrassa para recoger a mi padre, que estaba herido y prisionero. El viaje fue duro porque circulaban pocos trenes. Cuando llegamos a Sants, nos dijeron que no había tren a Terrassa hasta el día siguiente. Nos refugiamos en un portal que era muy ancho, salió una mujer de un piso, y nos invitó a dormir en su casa. Mi madre llevaba patatas y algarrobas en un bolso y algún boniato. El matrimonio que nos acogió, que era muy mayor, se alegró mucho, porque hacía semanas que no tenía patatas. Los mercados estaban desabastecidos, con dinero y sin él. Había mucha hambre.
Al día siguiente, el hombre fue a la estación de Sants a preguntar cuando habría un tren y le dijeron que sobre las diez saldría uno. Por fin pusimos los pies en Terrassa. Mi padre estaba en un caserón desvencijado, sin puertas ni ventanas, que hacía de cuartel y de hospital. Fue horrible, porque se amontonaba mucha gente en una gran sala y muchos me ofrecían galletas, parecían zombis. Me asusté mucho aquel día. Mi padre estaba herido y demacrado, y nos dijo: “ahora son ellos los que mandan. Ayer fusilaron a diecisiete”. Yo no comprendía nada. Fue más tarde cuando comprendí más cosas y el porqué de todo.

🖊 Alberto Sierra Alfonso – Col·laborador
📷 Família Sierra Alfonso a la platja de Gavà. 1954. AMG / Fons Alberto Sierra. Autoria desconeguda




